11 jun 2015

La Penitenciaría Nacional



(De  Leonardo Torresi)

Al principio alojó a más de 300 presos que estaban en los calabozos del Cabildo. Hasta que la demolieron, estuvo en Las Heras y Coronel Díaz, en Palermo.      

El parque Las Heras es un paraíso de paseadores de perros, una plaza con forma de trapecio, en el límite entre el cuidado elemental y el descuido. Los edificios altos lo vuelven un "cajón" donde Palermo, por su densidad inigualada de consultorios de psicoanalistas, se llama popularmente Villa Freud. Quien no sepa que en ese lugar, hasta hace 40 años, existió una monumental cárcel con aspecto de supercastillo medieval, sólo puede enterarse por las placas que rememoran los últimos fusilamientos. No hay más huellas.
Pasaron muchos más de cien años desde el día en que la mole llamada Penitenciaría Nacional empezó a funcionar como tal. Algunos historiadores dicen que no hubo una inauguración oficial, que el penal simplemente se abrió cuando llegaron sus primeros habitantes.
Fue el 28 de mayo de 1877. Ese día, más de 300 presos que saturaban los calabozos del Cabildo —con más arcadas y metros cuadrados que el actual— fueron trasladados a la cárcel nueva. Dicen que pensaban aprovechar para escaparse, que llevaban pimienta en los bolsillos para tirar a los ojos de los guardias. Resultó imposible: los engrillaron de a dos y los cargaron en carros celulares tirados por caballos.
En esa época, la Penitenciaría quedaba en un descampado, por no decir en el campo. Ejemplo en sus tiempos, la cárcel fue celebrada en los círculos mundiales de expertos en criminalística. El arquitecto Ernesto Bunge la ejecutó con el modelo del panóptico de Bentham: largos pabellones —de dos pisos— que confluían en un garita central, donde el guardia observaba todo casi sin girar la cabeza.
Predominaba el sistema auburniano: de noche, aislamiento en las celdas, que eran individuales. De día, trabajo en talleres comunes, pero con la prohibición absoluta de hablar con los demás.
Fue una cárcel para condenados y presos de máxima seguridad. Los procesos que signaron durante 84 años la historia penitenciaria argentina la tuvieron como escenario principal.
Antonio Ballvé, jefe del penal entre 1904 y 1909, llevó a José Ingenieros, quien creó las teorías de clasificación y estudios de los presos a partir de sus características físicas. Eliminó el régimen de silencio y e instauró las recompensas por buena conducta. Si un preso se portaba bien, sus familiares podían llevarle café o chocolate, podía dejar una hora más la luz encendida, o quedaba autorizado para usar bigote.
Casi medio siglo después —cuando el director nacional penitenciario era Roberto Pettinato— el régimen se flexibilizó mucho más. Los presos podían usar su nombre (hasta entonces los guardias los llamaban por el número de penado) y se eliminaron los grilletes y los trajes a rayas. Los internos podían recibir visitas íntimas. En 1948, el equipo de Boca fue a inaugurar una cancha de fútbol y desde un año antes los presos disfrutaban de una pileta de natación, olímpica, y con tres trampolines.
La Penitenciaría estaba llena de huertas y tenía una gran fábrica con que se autoabastecía y nutría de productos a las instituciones públicas. Pero representaba un problema hacia afuera. Ya desde 1909 se hablaba de un traslado. Con el tiempo, el penal fue "quedando mal" en una zona cada vez más más poblada y más rica.
Lo inevitable por fin llegó. El 6 de setiembre de 1961, la demolición manual empezó por la casa que ocupaba el jefe de la unidad. El 5 de enero de 1962 comenzaron las explosiones con trotyl, para derrumbar los muros, de siete metros de alto y cuatro metros de ancho en la base. El 5 de febrero, en medio de los escombros, arriaron la Bandera por última vez. "Se me caían las lágrimas. La quería y la recuerdo con un cariño de locos", dice el alcaide mayor retirado Horacio Benegas. Es museólogo y asesor en tema históricos y culturales del Servicio Penitenciario Federal.
Hoy, en el predio que ocupaba la Penitenciaría hay mucho verde y algunas construcciones. Sobre Juncal, donde funcionaba el taller de litografía y fotograbado, está el colegio Lenguas Vivas. Donde cruzaba el pabellón 4 hay unas canchitas de fútbol. La escuela municipal N° 26, por Salguero, fue construida donde funcionaban los talleres de mecánica, herrería y carpintería. Unas hamacas ocupan el lugar de la antigua torre de vigilancia. Una calesita y un arenero, el de la huerta triangular entre los pabellones 2 y 3. Donde ahora hay unos bancos y unas mesas fusilaron al general Juan José Valle, que en 1956 se levantó contra el régimen que, un año antes, había derrocado al gobierno peronista. En la barranca hay unas placas de bronce y mármol sobre una estructura de adoquines. No se puede subir a leerlas, porque al pie de la barranca colocaron un alambre para proteger el pasto.
  
FUGAS QUE HICIERON HISTORIA
La Penitenciaría Nacional no era invencible. Quedó probado varias veces.
La primera fuga fue el 29 de diciembre de 1889: un tal Fernández Sampiño escapó "vestido con ropas que le llevó su amante". Más valiente fue Alejo Ibarra, El Diente. En 1900 se metió en un tacho y salió dentro del carro de los basureros.
En 1911 llegó la primera evasión grupal. Trece presos de la sección Jardinería hicieron un túnel para llegar a la calle. La tapa estaba disimulada con un cuadrado de tierra sembrado de preciosas flores.
Un año después, 11 presos trataron de irse por una cloaca. Diez murieron.
Pero la fuga más espectacular fue el 23 de agosto de 1923. Desde un baño, cavaron un túnel de 24 metros de largo por 60 centímetros de diámetro. Escaparon 14. Hasta que uno tuvo la pésima idea de meterse en el pozo con los pies hacia adelante. No pudo arrastrarse ni darse vuelta. Los que quedaron atrás le pusieron el apodo más oportuno: "Tapón". El escape inspiró la película La Fuga, de Eduardo Mignogna.
Jorge Villarino, rey de las fugas, fue el último en darse el gusto. Una mañana de 1960 ganó los techos y se fue, como El hombre araña, por los cables de teléfono.

DATOS DE LA VIDA DEL PENAL
Uno por uno. La Penitenciaría no solía estar superpoblada. Tenía capacidad para 704 internos, cada uno en un calabozo. Cuando cerró había 570. El personal en ese momento era de 579 personas: más de un guardia por preso.
Parientes. El penal tuvo tres jefes con familiares muy conocidos. El primero, Enrique O''Gorman, era hermano de Camila, ejecutada durante el rosismo por su relación amorosa con un cura. Reynaldo Parravicini, director entre 1887 y 1890, fue el padre del artista Florencio Parravicini. A fines de los 40 fue director Roberto Petinatto, padre del músico y presentador.
Rechazo. Enrique O’Gorman consideró denigrantes los trajes a rayas enviados para los presos y pidió al ministro de Gobierno una autorización para teñirlos de azul. "El gasto tendría poca importancia y los resultados morales serían de trascendencia", argumentó. Tuvo repercusión: el traje rayado se usó recién medio siglo después.
Todo pautado. Los horarios en el penal estaban bien determinados: higiene, alimentación e intervalos de descanso, 4 horas; trabajo, 9 horas; instrucción escolar, 2 horas; tarea escolar en la celda, 2 horas; reposo, 8 horas. Todo era muy puntilloso. Los presos, por ejemplo, debían tener tres frazadas "de 1.950 gramos cada una".
Inventario. Las celdas eran de 4 por 2,20 metros. Además de la cama y la ropa, los presos podían tener una mesa, una repisa, un plato, una taza, una escupidera y una escoba.
Hecho en la cárcel. Los condenados debían trabajar por obligación y la Penitenciaría era una gran industria. Se fabricaban zapatos para la Policía, muebles para los ministerios y fideos para los hospitales. Se producían pan dulces para la confitería “El Molino”. La imprenta editó el Boletín Oficial.
Muros. Los paredones eran "el secreto de la seguridad de la cárcel", escribió el director Ballvé en 1907. "Las fuertes rejas y las pesadas puertas interiores ni serían obstáculos para los maravillosos instrumentos del delincuente moderno, que corta el acero casi con la misma facilidad con que un niño divide un trozo de manteca", agregó.
La silla. Los anarquistas Di Giovanni y Scarfó fueron fusilados en una silla verde de madera. Está conservada en el Museo Penitenciario, en Humberto I y Defensa, en San Telmo. En la silla se ven los agujeros de los balazos.

LA CÁRCEL FUE ESCENARIO DE MUCHAS EJECUCIONES
La Penitenciaría Nacional albergó a muchos presos estelares que tuvieron destinos dramáticos. Algunos terminaron en el congelado presidio de Ushuaia. Otros, delante de un resuelto pelotón de fusilamiento.
En los primeros años de la cárcel la ley contemplaba la pena de muerte y las ejecuciones eran legales. Hubo cuatro ahorcados. Y después llegaron los fusilamientos. Se hacían en la misma cárcel, sin un lugar fijo. Los condenados eran sentados en una silla, contra algún paredón, en un amanecer elegido por el juez.
El 11 de mayo de 1894, José Meardi fue condenado a la pena capital por el crimen de su esposa. Lo fusilaron en la Penitenciaría. El 6 de abril de 1900, Domingo Cayetano Grossi se sentó frente al pelotón. Lo habían condenado por el asesinato de cinco chicos, que eran los hijos de la hija de su concubina. Las dos mujeres también estuvieron implicadas en el crimen. Pero se salvaron de los balazos porque la pena de muerte sólo regía para los hombres que no llegaban a los 70 años. Había una excepción: los menores de edad.
Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvato eran vendedores de pescado. El 20 de julio de 1914 mataron a Frank Livingston de 63 puñaladas. Fue un crimen por encargo: la instigadora había sido la esposa de la víctima. Los pescadores estuvieron presos en la Penitenciaría, donde fueron ejecutados el 22 de julio de 1916.
La pena de muerte después fue derogada. Pero los golpistas de 1930 instauraron la Ley Marcial. Bajo ese régimen fue ejecutado el militante anarquista italiano Severino Di Giovanni. Fue el 1° de febrero de 1931, a las cinco de la mañana. "Viva la anarquía", gritó, antes de que lo acribillaran de ocho balazos. Estaba sentado contra el paredón en el sector de la cárcel que daba a la esquina de Coronel Díaz y Las Heras. Un día después fusilaron a su mano derecha, Paulino Scarfó.
El 12 de junio de 1956, en la Penitenciaría se produjo un fusilamiento que marcó la historia del último medio siglo. Un pelotón ejecutó a Juan José Valle, un general de división que apenas tres días antes había liderado una sublevación contra el régimen que, en setiembre de 1955, había derrocado a Juan Domingo Perón.
Un día antes habían sido fusilados tres sargentos —Isauro Costa, Luis Pugnetti y Luciano Isaías Rojas— que habían participado en el levantamiento. Valle y los suboficiales fueron parte de una lista más grande de ejecutados en otros puntos del país, entre ellos cinco civiles. Fue la Operación Masacre que el escritor Rodolfo Walsh documentó para la posteridad.
La Penitenciaría tuvo otros presos célebres que no pasaron por el paredón, pero terminaron en la abominada "tierra maldita": el presidio de Ushuaia. Los más famosos fueron Santos Godino, Mateo Banks y Simón Radowitzky. Godino ("El Petiso Orejudo"), asesino cruel y múltiple de chicos, entró a la Penitenciaría en 1914 . Sistemáticamente estudiado, el hombre de "orejas aladas" — como figuraba en las fichas— fue trasladado al sur en 1923. Murió asesinado en 1944. Banks mató a escopetazos a su familia —seis personas— y a dos peones. Fue en Azul, en 1922. También murió en 1944, en una pensión.  Había salido en libertad condicional. Radowitzky, ruso, militante anarquista, tenía 18 años cuando tiró una bomba dentro del auto del jefe de la Policía, Ramón Falcón. Pasó por la Penitenciaría y se cree que una fuga exitosa que hubo en 1911 había sido preparada para él. Por temor a una emboscada, prefirió quedarse y fue a parar a Ushuaia. Preso político al fin, Hipólito Yrigoyen lo indultó en 1930. Murió en el exilio, 26 años después.
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Imagen: Uno de los corredores y su pasillo superior de la ex Penitenciaría Nacional, que estaba en la avenida Las Heras, donde hoy se encuentra el Parque Las Heras .(Foto de finales del siglo XIX)